Un informe halla que las restricciones informales

son más dominantes que las formales

JUEVES. 10 de febrero (HealthDay News/HispaniCare) -- Los científicos asumen una especie de autocensura en respuesta a varias presiones sociales, políticas y culturales que perciben en torno a ellos, según sugiere una nueva investigación. Estas restricciones informales, que van desde no plantear ciertos cuestionamientos hasta no publicar determinados hallazgos, son más frecuentes que las restricciones formales tales como las regulaciones gubernamentales, señalaron los autores de un informe que aparece en la edición de febrero de Science. Aunque muchos han sospechado que tales obstáculos existen, esta es la primera información documentada sobre el tema.

"Esta es la primera vez que ocurre algún tipo de atención empírica, en vez de puro rumor, ficción y mitología", afirmó Arthur Caplan, director del Centro para la Bioética de la Universidad de Pensilvania. Caplan no estuvo involucrado en el artículo, pero uno de sus colegas fue uno de los coautores. Y los resultados no fueron del todo los que los investigadores esperaban.

"La mayor sorpresa fue que gran parte de las restricciones en esta muestra no eran reglas por escrito sobre lo que se debería o no hacer", indicó Joanna Kempner, autora principal del artículo e investigadora en prácticas de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Michigan. "Los investigadores están siendo sancionados por los hallazgos que publican que resultan controversiales, y también están anticipando controversias y reconduciendo sus investigaciones de tal manera que puedan evitarlas.

"Muchas personas no quieren tocar temas controversiales", declaró R. Thomas Boone, profesor asistente de psicología de la Universidad de St. John en Nueva York. Boone tampoco formó parte del estudio. Y si bien las reglas formales pueden parecer hostiles, al menos son transparentes y por tanto están sujetas al cambio político.

Las restricciones informales sobre "conocimiento prohibido", por otra parte, son insidiosas precisamente porque son menos visibles. "Muchas personas creen que una universidad o centro de investigación son el último baluarte de la libre investigación, pero hay mucho más que presiones externas, existen presiones internas, las sutiles", especificó Caplan.

Para llegar al meollo de esta omisión sutil del conocimiento, los autores del artículo realizaron entrevistas profundas a 45 científicos en los Estados Unidos en los campos de la neurociencia, sociología, biología molecular y celular, genética, psicología industrial, abuso de drogas y alcohol y de la ciencia informática. A los entrevistados se les pidió que pensaran en los casos en los que habían suprimido una investigación científica. Los ejemplos aparecieron en número de áreas controversiales, incluyendo la clonación humana, células madre embrionarias, armas, raza, inteligencia, conductas sexuales y adicción.

Muchos de los entrevistados reportaron estar más afectados por las restricciones informales que por las formales, y un 42 por ciento manifestó que su propio trabajo había sido objeto de censura, en la misma tradición de Alfred Kinsey y su investigación sobre la sexualidad humana. Un investigador dijo que había sido acusado de "comportamiento homicida" debido a que fue incapaz de revelar la identidad de individuos VIH positivos que habían admitido tener prácticas sexuales inseguras en una encuesta anónima. "Esto hace que las personas sean un poco reticentes", indicó Boone.

Varios investigadores admitieron haber elegido estudiar la levadura o ratones en vez de perros por miedo a represalias por parte de grupos de defensores de los animales. "Me gustaría poner mi vida tan a salvo de los lunáticos como sea posible", declaró un entrevistado. Los investigadores de drogas y alcohol señalaron que evitaban estudios que podían resultar en una indignación moral. Y aunque a menudo es conveniente culpar a un político en particular o al clima social como responsable de estas omisiones, el patrón persiste de una manera u otra a través del tiempo y la cultura. "Estos temas de controversia cambian constantemente", aclaró Kempner. "Treinta años atrás, el ADN recombinado era una atrocidad, y ahora hablamos de la investigación con células madre. Hace cincuenta años, los investigadores podían llevar a cabo su trabajo de una manera que ahora sería considerada como perjudicial para sus sujetos".

No hubo consenso entre los participantes sobre cómo equilibrar la libertad y los límites, algunos de los cuales, reconocieron, eran necesarios. Para Kempner, la meta es sacar el asunto a la luz pública. "Tal vez necesitamos observar más de cerca cómo las controversias públicas moldean lo que los científicos hacen o la forma en que deciden hacerlo", destacó. "Quizás existan efectos no intencionados que necesitamos evaluar".

Para Caplan, el artículo es una prueba de que algunas cosas son constantes. "El estudio es un fuerte recordatorio de que la ciencia es fundamentalmente una actividad humana, y, por tanto, responde a los valores humanos y a las presiones sociales y valores culturales sin importar lo que uno haga", puntualizó.

Por Amanda Gardner
Reportera de Health Day

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Para más información sobre la ética y la investigación, visite el Centro de Bioética de la Universidad de Minnesota.


Artículo por HealthDay, traducido por HispaniCare

(FUENTES: Joanna Kempner, Ph.D., research fellow, School of Public Health, University of Michigan, Ann Arbor; Arthur Caplan, Ph.D., Emanuel & Robert Hart Professor of Bioethics, chairman, Department of Medical Ethics, and director, Center for Bioethics, University of Pennsylvania, Philadelphia; R. Thomas Boone, Ph.D., assistant professor, psychology, St. John's University, New York City; Feb. 11, 2005, Science)

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